fanzine Tertuliando (On-line)

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quarta-feira, setembro 30, 2009

Dónde están los hormigones alados*

Dónde están los hormigones alados.

El tren se ve a lo lejos, se escucha el putututú anunciando su llegada. Mamá está ojerosa y no fue a trabajar a la secundaria. Ella sabe que dentro del tren viene papá. Seguro con una cara de preocupación mucho más seria que cuando se fue. Pero ahora es distinto. Papá tuvo que coger rápido el avión y montarse y volar hasta la Habana para llegar luego hasta aquí. No debe traer la bata de médico sino un pulóver que dice Venezuela y la cara de un niño pintada: un niño que no soy yo. 

El putututú del tren se acerca. La gente camina como en un hormiguero y nos miran. Porque en un pueblo como este todo el mundo sabe lo que a uno le pasa y miran a mamá, buenas tardes, todos están muy serios y dicen de nuevo buenas tardes. Y yo más serio pensando en la cara de papá con su pulóver que dice Venezuela.
Desde ayer no voy al aula. La maestra dice que hay que atenderme por separado pues son muchas cosas juntas. Primero lo de tener lejos a mi padre, ahora esto. Pasa la gente con el buenas tardes que se repite. Mamá enseña la mano y yo me paro para sentir más de cerca el putututú del tren, el temblor de la línea, porque ya se siente. Los trenes son muy pesados. Retumban aparatosos como lo hacía el sillón de la abuela. 
Abuela desde hace mucho solo sabía hablar de enfermedades y dolores. Ya no se iba al patio a recoger hojas de cilantro, ni a enseñarme los lugares donde jugaba cuando era niña. Abuela se quedó pegada a un sillón riqui raqua y decía me queda poco, siento la vida irse a cada minuto, riqui raqua, así por mas de un mes ,riqui raqua, dónde está mi hijo, ¿estará al llegar?, no llegará a tiempo. 
Hace dos días abuela salió al patio, casi cayéndose, y enterró una caja frente al portal. Se sentó después en el sillón con lentitud. Levantó la mano y me tiró un beso; yo estaba en el patio revolviendo el hormiguero, riqui raqua- adiós- dijo adiós y corrí hasta ella y la vi más blanca que la leche- abuela, no es bueno enfriarse tanto- le dije a mi mamá: abuela está muy fría, el corre corre y la gente gritando y los carros y llama a La Habana para que avisen a Venezuela o manda un correo electrónico, vayan al pueblo, rápido, traigan el carro que se nos fue.
En la noche fuimos al hospital. Tía Clara y mamá no decían nada. Entramos por una escalera oscura y le dijeron a mamá que subiera, yo abajo. Mamá salió llorando y me dijo que después me explicaba: “vete para la casa con tu tía”, tía Clara me abrazó y caminamos por la calle. La gente nos miraba y muy seria decían- buenas noches Clara, cuide al hombrecito este- y yo me acosté cuando llegué a la casa tan en silencio. Tía Clara me trajo leche hasta el cuarto y vi la cara de la abuela, así de blanca, dentro del vaso, riendo, escondiendo en el patio su caja, cerca de los hormigueros.
Me puse a leer un libro que a cada rato hojeo. El libro dice que a algunas hormigas, cuando crecen, le salen alas y pueden volar, vuelan muy lejos para hacer nidos en otro sitio. Miré entonces el techo como para no dormirme tan rápido y de pronto apareció la abuela. Montada en una escoba verde. Volando encima de mí y cantando canciones. Era como una bruja pero más linda. Con su melena larga, canosa,- porque nunca se quiso pelar-, y la movía como si fuera una cortina de brillo: arriba, abajo, revoloteaba, boca arriba y boca abajo. Abuela al lado mío y grité tanto hasta que se fue y regresó y me dijo dile a tu papá que lo quiero mucho y que lo extraño:
- Qué pasa- dijo tía Clara abriendo la puerta del cuarto.
- Nada Tía, es abuela volando, trata de asustarme pero es un juego.
Y tía Clara se persignó, me dijo mañana hablamos, que ya la abuela no se podía ni levantar- tranquilo- me dijo mientras apagaba la luz del cuarto. Despacio cerró la puerta. Abuela se volvió aparecer y entonces me montó en la escoba verde, que ahora se veía fosforescente, y salimos a buscar nuevos hormigueros, ¿estarán por aquí?, volamos en la madrugada, yo con mi pijama de carritos:
- Aguántate del pelo- me dijo riendo.
- ¿No te duele?
- No, ya nada me duele.

Y me agarré de su melena blanca, vimos las lucecitas del pueblo como cocuyos anaranjados, quietas y sin pestañear, por dónde, por dónde estarán los hormigones. Deben estar durmiendo, lejos de las luces, abuela, a las hormigas no le gusta la luz.
El día que abuela enterró la cajita yo había ido a los hormigueros, y lo alboroté con un palo, quería ver los hormigones con alas y cavé muy duro, pero no salieron, me picaron y cogí una cabilla para sacar más tierra:
- Déjenlo- dijo tía Clara- así coge anticuerpos.
Cavé más fuerte y vi unas cosas blancas que parecían huevos pero eran hormigas recién nacidas porque tenían hasta patas y eran muy pálidas. Seguro por no coger sol. Y las demás hormigas me picaban en las manos, los pies, lleno de ronchas tenía los dedos y los hormigones con alas no aparecían. Comenzaron a regañarme y yo seguí buscando, buscando, échale alcohol porque se va a hinchar y en lo que venían a separarme del hueco cavé más fuerte y más fuerte y más tierra, picadas, dolor, hormigas, una salió volando, dos, mira, si es verdad, ven acá guanajo, mira como vuelan y entonces volaron, se perdieron en el aire, de seguro a buscar otra tierra para hacer nido.
Abuela dio una voltereta y sacó un mapa del bolsillo, vamos a anotar los posibles lugares dónde pueden estar: cerca del río, debajo de un puente, cerca del central, atrás de los cañaverales, en la fábrica de caramelos:
- Esto es por ahora, agarrate duro.
Y buscamos en casi todos los lugares pero nada, ni un hormiguero, abuela se sentó en el río y se mojó la cara. Luego me dijo que era hora de regresar. Mañana vamos a la fábrica. Ya era un poco tarde para seguir.
En las mañanas llegaron las flores, las coronas como le dicen: 
 -Va a ser aquí- dijo mamá.
 -Papá debe llegar en la tarde, avisaron sin problemas-me dijo la tía Clara.
Venezuela está lejos pero existen los aviones y los trenes y llegará rápido papá y yo seguí pensando en el viaje de la noche anterior, el río oscuro y me dio un poco miedo pero me gustó ver las casas desde arriba y buscar el hormigón de alas grandes.
- Mamá
- Dime
- Anoche Salí con la abuela- le dije.
Mamá me miró con la cara asustada y me tomó por el brazo.
- Se fue, abuela no está más con nosotros. Pero bueno, dejó una cajita en el patio para que la recuerden, ve a sacarla, tú sabes dónde está.
La cajita es de madera y la abrí. Solo había un mechón de pelo. Me dijeron que eso se hace para vivir un poquito más. Es como pedirle permiso a la tierra. Entonces llegó la otra caja. En ese momento. Y miré a la gente, las viejas, el café, bla, bla, el llanto gua, gua, gua. Todos llorando, las hermanas de papá, gua, gua, gua, quédense aquí. Voy con el niño al ferrocarril. Un carro debe traernos.
El tren se acerca escupiendo polvo, con su putututú, y la gente se baja y otros se montan, de pronto veo el pulóver que dice Venezuela y papá con la cara triste y un bigotón que le tapa la boca:
-Ven acá.
Me da un apretón y yo le digo que tengo que hacerle un cuento. Todo es mentira. Abuela está por ahí, saltando como siempre, montada en una escoba verde fosforescente y papá llora también y la gente dice buenas noches y los tres nos montamos en un carro. Papá dice que los maletines llegan más tarde de La Habana. Con muchos regalos para todos y yo no quiero regalos. Quiero a papá con la abuela montados los tres en la escoba. Buscando un hormigón de alas grandes y dónde está papá ahora. Manos. La casa repleta de gente. Abrazan a papá que se quita los brazos de arriba y no se detiene en la caja grande. Papá en el cuarto con mamá. La comida. La gente trata de disimular pero la mesa está llena. Parece una fiesta. Nadie llora. Solo papá y mamá en el cuarto. Yo voy con ellos y los dejo después. Voy hasta mi cuarto y paso el pestillo.
Abuela aparece, me dice ven, me monta en la escoba:
- Abuela, por qué no ves a papá.
- No puedo, eres el único que no se va a volver loco si me ve, vamos, vamos a buscar el hormigón en la fábrica de caramelos, es el único lugar que queda.
Pero sólo hay papelitos:
- Nada, deben haber echado algún veneno- dice la abuela -mira que linda está la noche. 
- No, abuela, en la casa todo el mundo está triste.
- Eso mañana se les olvida, es como sacarte un diente, un poco de dolor, llanto y se acabó, descuida, esto es así, ya te irás acostumbrando.
- Y dónde vives ahora abuela.
- Por ahí, tengo que barrer las nubes y luego la noche libre. 
- Por qué no te dan alas como a los ángeles de tus libros. 
- Porque nunca fui tan buena, además, esta escoba es más divertida. Vamos, se hace tarde. Agarrate duro. 
- Si, abuela. 
Y yo abrazado a su melena, qué bien, su melena tan blanca y la luna arriba como un plátano bombillo. Yo me duermo.
La gente entra a los carros y delante va la abuela. Si de verdad va en esa caja como dicen entonces es la capitana del desfile. Es la primera y detrás van los carros. Abuela en su caja delante de todos y me dicen que no, que no me llevan. Tía Clara se queda conmigo y yo me pongo a leer.
El libro de las hormigas dice que los hormigones con alas solo buscan nido un día determinado. Lo eligen en el hormiguero y entonces se casa la nueva reina con los machos jóvenes. Ella se va para cualquier sitio. Se arranca las alas debajo de una piedra y pone los primeros huevos. Se los come porque tiene mucha hambre y los siguientes serán las obreras que la ayudarán a construir el nuevo hormiguero; pero no solo esto hace salir a los hormigones con alas. También desastres, lluvia y objetos extraños los hacen salir a volar. Pero más tarde regresan.
Entonces el hormigón de alas grandes puede que siempre haya estado ahí. Abuela y yo volamos estas noches por gusto.
Entra papá al cuarto. En silencio. Me dice que tenemos que hablar y yo no tengo ganas. Le enseño la cajita que desenterré del patio, si, es de ella y conversamos un rato y no quiero decir nada de eso, si y, yo lo entiendo todo papá, si gua guauaua, no llores guaguagua y yo lloro también y lloramos los tres porque mamá entró despacio.

Afuera está la noche de grillos, afuera está el hormiguero, abuela aparece en la escoba:
- Tengo que decirte algo abuela
- Dime
-El hormigón está aquí, lo leí en el libro, hay que esperar un día.
-Siempre lo supe
- Por qué no me lo dijiste
- Las cosas tendrás que aprenderlas por ti mismo, los demás solo te dan un empujón para que las logres.
- ¿Hoy no saldremos?
- No, ya todo está bien.
Abuela me besa y toma la cajita en sus manos-cuídala, que te sirva para que no me olvides-. Se monta en la escoba, desaparece, abuela es un puntito fosforescente en la noche y bordea a la luna que es un plátano bombillo. Abuela se va lenta y rápida, rápida y lenta en medio de lo oscuro brillante.
Abro los ojos, es día de escuela, camino y la casa está tranquila. Papá irá al consultorio, las mañanas son iguales, casi iguales, el sillón de la sala ya no hace riqui raqua, miro al techo y mamá grita en la cocina, papá corre tras de ella:
- Qué pasa 
- Esto está lleno de hormigas y pican duro.
- Qué raro 
- Sí, están en toda la cocina.
Yo corro y la cocina está llena de hileritas y círculos negros que se mueven. El refrigerador está moteado. Es un festival de hormigas y abro la puerta y voy al patio: todo es hormigas, de pronto vuelan vuelan vuelan vuelan son muchas, las demás corren por el suelo, las hormigas se elevan en espirales buscando una nube, no les gusta el sol. Dónde, dónde van, mamá dice que si estoy loco. Papá que voy a ser entomólogo. Y yo no sé lo que es eso pero se me aprieta la garganta cuando veo las hormigas alejarse y recuerdo a la abuela. Me sonrío junto a ella. Pero estás loco, y la escoba verde y la luna de plátano, y el pueblo alumbrado por cocuyos naranjas y abuela barre las nubes y los hormigones de frescos suben hasta ella. Abuela se ríe montada en aquel nubarrón lleno de hormigas. El nubarrón está más blanco porque ella los barre y los regaña y les dice váyanse de aquí, no sean frescos, métanse debajo de una piedra.
- Niño, dale.
Mi papa sonríe. Pita el carro. Mamá me obliga a entrar. Voy para la escuela. Papá para el consultorio. Mamá para su secundaria a dar clases. Y yo sí, es verdad. Uno aprende solo y todo es como sacarse un diente porque hay que seguir y volar un día. Echar alas y volar, alto, bien alto. Como los hormigones.

*Texto de:  Danny Echerri Garcés (Santa Clara, Cuba)

NOTA:

O nosso colaborador teve problemas na edição do mesmo no blogue, razão pela qual o editamos nós.

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5 Comments:

  • At 1:34 da manhã, Blogger Joanna Muñoz said…

    Muy hermoso Danny... algún día todos creceremos y echaremos vuelo muchas veces... por que en cada etapa de nuestras vidas echamos alas ...

     
  • At 7:53 da tarde, Blogger Danny Echerri said…

    hola
    muchas gracias por tu comentario sobre el cuento, esa es la esencia de lo que quise trasmitir , más alla del sufrimmiento hay volar alto, bien alto como ...

     
  • At 3:01 da manhã, Anonymous Bety Mayor said…

    Hola Danny

    Ha sido fascinate leer tu narración, la he leído a mis alumnos de 4· de primaria con motivo de la celebración del día de muertos, y les ha encandado, la mayoria disfruto el viaje en escoba con la abuela, han hecho comentarios y hasta la han ilustrado, despertaste su imaginación. Gracias por compartila. Beatriz Mayor

     
  • At 3:13 da manhã, Anonymous Bety Mayor said…

    Hola Danny

    Ha sido fascinante leer tú narración, se los leí a mis alumnos de 4· de primaria con motivo de la celebración del Día de Muertos, les ha encantado lo han comentado e ilustrado, has despertado su imaginación. Gracias por compartirlo.

     
  • At 4:54 da manhã, Blogger Danny Echerri said…

    Betty
    lo más importante cuando uno escribe es trasmitir , despertar aun cuando el objeto pueda parecer doloroso y que tus niños se hayan quedado con los viajes de la abuela más que con la muerte es lo más lindo, gracias , ojala cuando tenga mi niño pueda el hacer lo mismo que esos diablitos tuyos y dibujar a la abuela de este personaje que tiene mucho de la mía
    saludos grandes y gracias por compartir mi cuento
    Danny Echerri

     

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